Prisión Domiciliaria: El Camino Hacia Casa, No Siempre es Libertad
La llegada que tanto esperamos
—Mami, ya voy para la casa.
Ese día, Tomás y yo esperamos con gran ansiedad la llegada de Lucas. Seguimos el recorrido por medio de WhatsApp porque era tal la emoción, que le pedimos que compartiera la ubicación en tiempo real. Tomás seguía el recorrido con el celular en la mano; con cada calle que avanzaba, y entre más cerca estaba de nosotros, el corazón quería salirse del pecho. Hacía casi un año que se había despedido de su hermano en Costa Rica y fue un día de emociones fuertes para todos.
Desde la autorización del juez, habíamos esperado semanas con gran ilusión. Con alegría en el corazón, acomodé una habitación para él con sus cosas. Fue una espera larga, pero estábamos cada vez más cerca de lograr nuestro deseo de convivir juntos. Pensamos que las cosas en adelante serían más fáciles y llevaderas hasta lograr la definición de una fecha para el juicio. Pero, como mencioné en mi historia anterior, era nuestro deseo, y Dios nos lo concedió, porque siempre escucha las plegarias y actúa con amor hacia lo que pedimos. Sin embargo, una vez más, era necesario que pasáramos por esto para comprender todos los escenarios del proceso y compartir el mensaje.
Cuando el timbre finalmente sonó, abrí la puerta con una gran sonrisa para recibir a mi hijo. Ver a Lucas y Tomás fundidos en un abrazo sobre el sillón de la sala, y escuchar sus sonrisas entre la complicidad de las cosquillas para disimular las lágrimas, fue un momento que quedó grabado en mi alma. Me sentí orgullosa al ver que el esfuerzo de meses finalmente rendía sus frutos. Un respiro al corazón. No puedo imaginar lo que significó para Lucas todo ese recorrido hasta la casa.
Esos primeros días: recuerdos que se guardan en el alma
Recuerdo el olor a café en la mañana. Sonreír en la cama porque él estaba en la cocina preparando el desayuno al día siguiente. Esos recuerdos que quedan para siempre guardados en el corazón. La sonrisa en mi cara al verlo entrar a la habitación con los platos de desayuno para su hermano y para mí; su mirada de satisfacción y felicidad por estar juntos.
Había tanto por agradecer. No solo había logrado que estuviera en casa, también tenía un trabajo remoto, gracias al apoyo incondicional de mis jefes. Estábamos a la espera de la aprobación para que asistiera a la facultad en 2023; había realizado la matrícula y esperábamos el visto bueno a esa petición.
reuniones virtuales de trabajo, eran comunes las interrupciones de un beso y un “te amo, mamita”. Las risas de mis hijos rebotaban en las paredes de la casa mientras se revolcaban en la cama haciéndose cosquillas. Empezamos a hacer planes de viaje para mis padres y no tener que llevarlos a un penal de visita. Por fin, no había que salir una madrugada más de la casa para visitarlo por solo unas cuantas horas.
Estaba en casa para felicidad de toda la familia, a unos pasos de mis cuidados, de su comida favorita y caliente servida en un plato junto a nosotros. Poder darle un abrazo a cualquier hora del día y recibir su beso de buenas noches. Tantas cosas a las que no se les da el valor real en la convivencia diaria. El simple hecho de verlo dormido en su cama y dar gracias a Dios porque estaba ahí.
Los primeros tropiezos en el camino
Lucas utilizaba ortodoncia al momento de la detención, así que llevaba más de ocho meses con los brackets colocados en los dientes y había que removerlos. A consecuencia de los golpes durante la detención, tenía dolor constante en la espalda y costillas. Los permisos para ver al médico o dentista eran trámites lentos y engorrosos, por lo que tuve que traer el consultorio de ortodoncia móvil y estacionarlo en la vereda para que lo atendieran.
Los médicos y hasta la peluquera debían ser pagados a domicilio porque no era posible conseguir los permisos cuando se requerían. No imagino cómo será para una familia que no tenga acceso a estas posibilidades; antes de que esto nos ocurriera, jamás lo había analizado..
En Argentina, al llegar el verano, el Poder Judicial toma vacaciones. Se llama la feria judicial de verano. Se toman todo el mes de enero y retoman actividades hasta la primera semana de febrero. Parece increíble, lo sé, pero no es broma. Durante este tiempo solamente se atienden situaciones de “urgencia”; todos los demás casos en proceso deben esperar a que jueces, fiscales y abogados se bañen en el mar, viajen al extranjero o disfruten de sus piscinas privadas en casas de campo. Esto es prioridad. Aunque un caso esté en espera de sentencia en diciembre, esta se dictará hasta febrero. La compasión no es parte de la función pública.
Durante el verano, las temperaturas en La Plata llegan hasta los 40 °C. Con ilusión, compré una piscina de lona. La colocamos en el patio de la casa y esperaba ver a mis hijos disfrutando del verano. Trataba de crear un entorno “normal”. Sin embargo, la tobillera nos recordaba constantemente que aquello no era normal. Esa tobillera que Lucas llevaba de manera permanente no se podía sumergir, pero con el pie colgando fuera de la piscina, seguimos intentando que las cosas funcionaran.
Lucas no podía salir ni a la vereda. Si salía a dejar la basura, la tobillera activaba sus sensores, emitía un sonido e inmediatamente llamaban de parte de monitoreo para chequear que estuviera en casa. Después de un rato, llegaba la patrulla de la policía y tocaban el timbre para verificar su presencia. Mientras dormía, si la tobillera dejaba de tocar la piel, sucedía lo mismo, sin importar la hora, llegaban en la madrugada para verificar.
Si el aparato de monitoreo perdía señal, sonaba de nuevo y el proceso se repetía una y otra vez. Un recordatorio constante de nuestra casa-cárcel. Esa señal que no permite normalizar nunca una convivencia bajo este contexto.
La casa convertida en cárcel
No puedo generalizar: cada historia es diferente y cada camino es tan individual como la persona misma. Esta es solo la historia de lo que nos tocó vivir durante más de un año. Nuestro hogar pasó a ser un penal familiar.
Lucas no tenía siquiera documento de identidad: sin cédula de Costa Rica, pasaporte extraviado en el proceso de detención e indocumentado ante migraciones en Argentina. Empecé a tramitar permisos para organizar su estatus. Nos autorizaron asistir a una cita presencial en la Embajada de Costa Rica en Buenos Aires. Ese día, viajar junto a Lucas en tren, caminar por las calles de esta gran metrópolis, almorzar juntos en lugares que él nunca había conocido… todo era nuevo, y verlo ahí, entre tanta libertad, me llenaba el corazón. Sentía que en adelante todo sería posible.
Limitaciones que van apagando la ilusión
Pero luego, las solicitudes para asistir presencialmente a la psicóloga nunca fueron aprobadas. Pagué entonces consultas semanales a domicilio, con el doble del costo de un turno regular. Los meses transcurrieron y las solicitudes de estudio tampoco llegaron. Las clases empezaron en marzo y la aprobación de estudios llegó hasta julio de ese 2023, muy tarde para iniciar cursos anuales en universidades públicas argentinas. El permiso para ir al gimnasio no procedió y empezamos a sentir las limitaciones cada vez más tangibles.
Tiempo después supimos que el abogado estaba negociando un proceso abreviado con el fiscal, planteando la opción de que Lucas aceptara los cargos que le imputaban a cambio de una condena de siete años. Esto no lo teníamos en el panorama: queríamos libertad absoluta de culpa y cargo. El abogado dejó de hablar con Lucas y solo me recibió a mí en su despacho. Según él, se sintió insultado porque Lucas atribuyó el logro de la prisión domiciliaria a mi esfuerzo y no al de su “bufete” —que, en realidad, era una oficina donde él era el único penalista, su hijo notario y sin siquiera secretaria—.
Me dijo:
—Yo no voy a cambiar mi estrategia. Si no les parece, están en libertad de buscar otro defensor.
El caso fue elevado a juicio cuando nos negamos a firmar el abreviado. Nos vimos obligados a cambiar de abogado y empezar nuevamente con pagos al nuevo defensor. Al revisar las acciones del anterior abogado, descubrimos que no existían: no hubo oposición alguna a la elevación a juicio. Parecía que estábamos de acuerdo, todo por la inoperancia del primer defensor.
De a poco, la luz de ilusión que había en Lucas se fue apagando. Dejó de encontrar lo positivo y empezó a enfocar su energía en la desgracia que ocurría a su alrededor.
La depresión: un agujero del que es difícil salir
y profundo que él mismo cavó para esconderse del dolor de su realidad. Arriba del agujero estábamos nosotros, los que lo amamos. Le lanzábamos herramientas para que construyera una escalera y pudiera salir, pero él era incapaz de colocarlas en orden y usarlas a su favor. Desde afuera, no podíamos comprender lo que se siente estar ahí dentro. Yo solo gritaba desesperada por auxilio para liberarlo.
A pesar de las restricciones, Lucas logró hacerse amigo de Fran, un vecino, y así conocí a María, su mamá, que hoy es una de mis grandes amigas y compañeras. Lucas compartía con Fran horas de ajedrez, y con el tiempo llegaron más chicos de su edad. Al inicio todo parecía bien, pero después esas visitas le recordaban su incapacidad de moverse libremente y llevar una vida normal de un joven de 20 años. Dolía tanto que se alejó de ellos..
Cambió su manera de percibir el entorno. La mente se opacó hasta el punto de que las palabras de amor dejaron de llegarle. Se enfrascó, intentando alejarnos para no lastimarnos. Pensó que sus capas de aislamiento eran su protección. Ocultó su luz para que el mundo no lo hiriera más.
Empecé a notar situaciones atípicas: quitaba toda la ropa de la cama, dormía sobre el colchón sin almohada, en una esquina y sin abrigo; a veces amanecía en el piso, sobre una frazada. Sospechaba que era una manifestación física de sus recuerdos en el penal. Dormía de día, pasaba la noche despierto, dejó de comer y de tomar agua, bajó mucho de peso. Su mundo se redujo, y Tomás y yo nos convertimos, a sus ojos, en sus carceleros..
Su personalidad cambió. Las palabras de amor se convirtieron en reclamos. Yo era la pared contra la que lanzaba piedras. Era un tsunami diario, y lo que quedaba a su paso era basura emocional y destrucción. Aquella era una manifestación clara de cómo se sentía. No lo supe entender en su momento y entonces dolía.
Cuando el dolor habla por la persona
Para Tomás era inconcebible que Lucas hablara así contra su mamá. No entendía por qué pasó de ser amoroso, a estar tan enojado. Yo le recordaba que no era realmente Lucas, sino su dolor hablando a gritos. No representaba lo que realmente es su hermano. Era muy difícil no tomarlo personal.
Lucas dejó de sentir ganas de vivir y eso lo manifestaba con palabras. Buscó la manera de alejarnos. Por su estado depresivo, quería sentirse mal. Nosotros éramos sus enemigos porque estábamos en contra de ese pensamiento.. Mis papás vinieron a Argentina con gran alegría, para encontrarse con un nieto frío, distante a todo contacto físico y enojado con todo aquel que le quisiera manifestar amor.
Viviendo con el miedo constante
Los días se volvieron más oscuros y extremos. Temía que atentara contra su vida: escondía los cuchillos y las tijeras bajo mi cama, me despertaba para verificar que respiraba.
Su energía negativa inundó la casa. Pasamos de gritos e insultos a amenazas y al arrepentimiento de haberlo sacado de prisión. Duele siquiera escribirlo. Juntos, caímos en aquel agujero que nos consumió. Era necesario que sintiéramos la oscuridad profunda en donde se encontraba su alma.
Pensé que había dejado de amarlo. Era el cuerpo de Lucas, pero su alma ya no brillaba más. Yo tampoco podía encontrar ese brillo en él y dejé de sentir el mío propio. Estábamos juntos en una oscuridad que nos absorbía. Solo veía errores y me sentía merecedora de tal castigo. Pensé que ya no quedaba más amor para darle. Dios sabe lo que duelen estas palabras.
Mis terapias transcurrían entre lágrimas y una mezcla de sentimientos que las madres no se permiten sentir. Mi psicóloga Natalia me dijo:
—No, Caro. Es tu hijo. Mira el amor que tienes por él. Todo lo que haces y has hecho, es amor. Ahora estás enojada y es válido. Lo que sienten es dolor, no falta de amor. No es Lucas quien habla, es su dolor.
Oré. Supliqué fuerzas. Aquel infierno que estábamos viviendo era insostenible. Pensé en madres con hijos en situación de calle o atrapados por las drogas, y sentí su dolor: ese debate interno entre poner límites y el amor. Era como sostener un carbón encendido con las manos, que me causaba dolor, angustia e impotencia al no poder soltarlo, mientras trataba de entender el propósito y la mirada con la que debía observarlo.
Convivimos entonces con el dolor. En medio de las terapias psicológicas, no había poder humano capaz de sacarnos adelante. Nuestras vidas, entrelazadas, permanecían en aquel hueco oscuro y profundo. Tratábamos de mantenernos en la fe, pero flaqueaba tanto que no había confianza suficiente para poder ver la luz. La madurez necesaria para comprender todo esto solo llegó después, con la enseñanza que dejó el tiempo.
El día de la intervención
internarse en un hospital psiquiátrico para tratar la depresión o tomar pastillas bajo mi supervisión. Pero ¿cómo iba a hacer eso posible, si apenas me cruzaba en su camino me evadía? Esa tarde, todos sentados en la sala de la casa, aceptó las pastillas.
Teníamos miedo, y dejamos que ese miedo gobernara las decisiones. Si seguíamos por aquel camino sin control, estábamos a las puertas de una desgracia mayor. Lucas era incapaz de reaccionar, por más llamados de atención que se hicieran. Entonces, fue citado a una audiencia para justificar las alertas que monitoreo reportó.El temor de volver a un penal tomó control total de su mente. Entró en pánico.
Las cosas estaban tan fuera de control que solicité ayuda al papá de Lucas, quien inmediatamente tomó un vuelo para venir a ayudarme con los medicamentos. Evité mencionarle a Lucas que su padre llegaría ese mismo día a Argentina. El momento era de máxima tensión: lo había encontrado hablando con la televisión, como si él fuese parte de un programa que estaban transmitiendo. Había perdido mucho peso y no dormía. Estaba eufórico y desconectado. Deambulaba por la casa con los audífonos puestos a todo volumen. Ese mismo día de la intervención debimos internarlo, pero su padre venía en camino y sería un gran apoyo para tomar decisiones. Estaba por llegar al aeropuerto de Argentina a las 5:00 a.m. y faltaba poco.
La madrugada que cambió todo
Esa misma madrugada de abril de 2024, a la 1:00 a.m., sonó la alerta de monitoreo. Corrí por la casa a buscar a Lucas, pero ya no estaba. No estaba en la habitación, no se llevó nada de valor, no tenía documentos, no estaba afuera.
Lo busqué como una loca por todo el barrio, grité su nombre… pero ya no estaba. Simplemente se desconectó de la tobillera y se fue.
Se fue dejando un vacío inmenso. El eco infinito de su ausencia inundó el espacio, sin saber siquiera si algún día volvería a verlo. Me quedé ahí, congelada en la nada, sin esperanza y sin respuestas. Siento aún la presión en el pecho, el corazón acelerado y la falta de aire que provoca el solo traer este recuerdo a la memoria.
Esta historia continúa…
Esta historia continúa… así como tantas otras que todavía no he contado y que siguen escribiéndose cada día. Con tu lectura, tu tiempo y tu apoyo, ya nos estás ayudando a liberar un poco el peso que cargamos. Cada palabra que llega a más personas abre una puerta, una mirada, un corazón dispuesto a comprender lo que viven tantas familias en medio de procesos legales.
Esta es nuestra realidad, la que seguimos transitando con fe y con la esperanza de que un día este camino nos lleve a casa… en libertad.
Carolina Solórzano
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Eres asombrosa sist, como deseara haber podido estar ahí cerca suyo para abrazarla, me duele, recordar contigo a través de esta lectura, soy parte de ti! Eres increíble y te admiro muchísimo, Dios pronto nos dará la libertad tan añorada! Abrazo especial y sincero q mis sobrinos que amo tanto … siempre en mi corazón 🫶🏻
ResponderEliminarTú historia nos invita a luchar siempre... Cada padre vivimos situaciones similares, pero siempre estamos junto a ellos pese a todo.... Fuerza y fortaleza
ResponderEliminarÁnimo Carolina ,eres increíble, cuándo Dios nos guía, y el ejemplo de nuestra Madre Santísima nos invita a ser fuertes a pesar de lo difícil que es está prueba, nunca estás sola, Dios siempre los acompaña,no sabía tu situación, desde este momento me uno a las oraciones, para que El Espíritu Santo, tome control y pronto se resuelva todo,bendiciones .Marigen Villegas.
ResponderEliminarCarolina no sabía de tu historia, ni sabía que estabas pasando por tanto, eres muy valiente que Dios te bendiga grandemente y puedas salir de esa pesadilla con tus dos hijos y regresar a Costa Rica, se que Dios te va ayudar a lograrlo, mis respetos para usted.
ResponderEliminarUn abrazo Carolina
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