24 de marzo: ¿Qué significa hoy la memoria, la verdad y la justicia?

Hoy se cumplen 50 años del 24 de marzo en Argentina, una fecha que no es una
celebración, sino una conmemoración profundamente marcada por el dolor, la memoria y la historia.

Durante mucho tiempo, esta historia fue ajena para mí. Vengo de Costa Rica, un país donde crecimos sin ejército. Para nosotros, ver un militar es casi parte de la imaginación, de lo que uno construye mentalmente, porque en la vida cotidiana no existen. No hay presencia militar en las calles, no forma parte de nuestra realidad.

Tal vez para muchas personas fuera de nuestras fronteras, esto sea difícil de imaginar. Por eso, llegar a Argentina fue también enfrentar una historia completamente distinta. Como muchas personas fuera del país, desconocía en profundidad lo sucedido durante la dictadura entre 1976 y 1983. No era un tema presente en mi formación.

Pero vivir acá cambia todo.

Convivir con personas que tuvieron familiares desaparecidos. Caminar por espacios como el Parque de la Memoria en Buenos Aires. Estar frente a los nombres grabados en el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado. Entender lo que significa un pañuelo blanco dibujado en el piso.

Ese pañuelo no es un símbolo cualquiera: representa a las abuelas que buscaron —y aún buscan— a sus nietos desaparecidos. Porque incluso hoy, décadas después, siguen apareciendo personas que nunca supieron que habían sido raptadas de niños y entregadas a otras familias, sin ningún lazo de sangre.

Son historias profundamente dolorosas.

Historias que no quiero minimizar en absoluto. Todo lo contrario: generan en mí una conciencia y una comprensión que hace unos años no tenía. Una magnitud emocional que supera cualquier idea previa.


Y en su momento, mi pregunta era:
¿Cómo no nos dimos cuenta de todo lo que estaba pasando en Argentina?

Mi primer 24 de marzo estuvo atravesado por una experiencia personal muy fuerte: la detención de mi hijo Lucas en Argentina. Ese día, al ser feriado, no había abogados disponibles. No había respuestas. No había contacto con él en la comisaría donde se encontraba detenido desde el 22 de marzo.

Solo incertidumbre.

Y con el tiempo entendí que esa sensación —aunque en una escala distinta— conecta con algo más profundo: la experiencia de quedar a merced de un sistema que no responde.

Hoy, este es el cuarto año que vivo esta conmemoración en Argentina. Y la veo desde otro lugar. Más informada, sí, pero también más consciente de lo que significa realmente. 

La memoria en Argentina no es abstracta. Es tangible.

Se siente en las marchas, en los rostros, en los nombres grabados, en los murales de las calles, en los pañuelos blancos colgados en las casas de las abuelas. Se siente en lugares como el parque donde están escritos los nombres de los desaparecidos. No importa si fueron los 30.000 que reclaman las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o los casi 9.000 que el Gobierno reporta. Cualquier cifra: cada nombre representa una vida, una historia, una familia.

Y una herida que sigue abierta.

Hoy, en este 50° aniversario, la convocatoria ha sido masiva. En todos los rincones del país, miles de personas han salido a marchar. Es una de las movilizaciones más grandes de los últimos años.

El mensaje es claro:
Memoria, para que no se repita.
Verdad, para reconstruir lo sucedido.
Justicia, para juzgar a los responsables.

Pero hay algo dentro de esa memoria que también es importante no olvidar.

En aquel momento de la historia, muchas de las personas que hoy reconocemos como víctimas fueron, en su tiempo, señaladas, juzgadas y etiquetadas por el poder como peligrosas para la sociedad.

El sistema militar no solo las detuvo: construyó discursos para justificar esas detenciones. Emitió juicios, generó relatos, instaló la idea de que eran una amenaza.

Y lo más difícil de admitir es que una parte de la sociedad acompañó ese discurso. Muchas veces desde el miedo, otras veces desde la desinformación y otras, simplemente, desde la necesidad de creer que lo que ocurría tenía algún tipo de justificación.

Personas que pensaban distinto, que cuestionaban, que incomodaban. Fueron convertidas en “enemigos”. Y eso permitió que se naturalizaran decisiones arbitrarias, detenciones, desapariciones, todo bajo la lógica de un sistema que se creía con el derecho de decidir quién merecía pertenecer y quién no.

Eso es, justamente, lo que no debería repetirse.

Porque cuando un sistema comienza a juzgar desde criterios propios, cuando se aparta de la objetividad, cuando decide en función de interpretaciones y no de normas claras, se abre una puerta peligrosa.

Hoy, mi reflexión también va hacia ahí.

Porque en el presente, aunque el contexto es distinto y no vivimos una dictadura militar, siguen existiendo dinámicas que preocupan. Hoy hay personas privadas de libertad cuyos procesos no avanzan. Expedientes que se pierden en escritorios durante años. Decisiones que dependen, muchas veces, del criterio individual de un juez o tribunal.

Se emiten juicios que no siempre parecen responder a procedimientos claros, sino a interpretaciones. Y cuando eso sucede, aparece algo que se parece demasiado a lo que la historia nos enseñó a no repetir:

la posibilidad de que una persona sea definida como “dañina” para la sociedad y, a partir de ahí, descartada.

Descartada del sistema.
De la inclusión.
De las oportunidades.

El sistema penal, lejos de garantizar reinserción, muchas veces funciona como un mecanismo de exclusión total. 

Y detrás de cada persona privada de libertad hay familias que viven una ausencia en vida. Una ausencia de seres amados. Que atraviesan una transformación profunda. Que cargan con el peso del prejuicio social.

Familias que esperan, que resisten y que ven pasar los años sin respuestas.

Me encantaría ver algún día una marcha tan multitudinaria como la del 24 de marzo, pero reclamando por el cumplimiento de los tiempos judiciales, por procesos justos y por decisiones en tiempo y forma. Pero eso no ocurre:

Porque nadie marcha por un preso. 

Y eso también dice mucho de nosotros como sociedad.

Nos enseñaron a marchar por las víctimas, pero no a cuestionar el sistema en su totalidad. Nos enseñaron a juzgar con nuestros propios criterios, atravesados por estructuras sociales y prejuicios.

Pero no nos enseñaron a mirar con humanidad.

Hoy siento que la reflexión no es solo hacia el pasado, sino hacia lo que somos como sociedad. Porque aunque el terror ya no tenga la misma forma, sigue siendo tangible. En los procesos que no avanzan, en las decisiones que no llegan y en un sistema que muchas veces parece más enfocado en castigar que en hacer justicia.

La memoria es necesaria, pero, no puede quedarse solo en el pasado.

Porque toda persona merece un proceso judicial en tiempo y en forma. Merece ser juzgada con objetividad, dentro de las normas, sin arbitrariedades. Y mientras eso no ocurra plenamente, hay una parte de la justicia que sigue pendiente.

Tal vez la verdadera memoria no sea solo recordar lo que pasó.

Sino también animarnos a ver lo que está pasando.

Cambiar nuestra mirada hacia una más consciente, propia y humana, libre de prejuicios sociales. 

¿De qué sirven las cárceles llenas, si la tarea no es llenar cárceles?
La tarea de la humanidad debería ser la compasión, el perdón y el amor para todos por igual.


Carolina Solórzano Solís

Para comprender más

Para quienes no crecimos con esta historia, entender lo que ocurrió en Argentina entre 1976 y 1983 no siempre es sencillo. Estas películas pueden ayudar a acercarse, desde lo humano, a esa realidad:

Argentina, 1985
Una película que retrata el histórico juicio a las juntas militares. Permite entender cómo comenzó el proceso de búsqueda de justicia después de la dictadura.

La Noche de los Lápices
Basada en hechos reales, cuenta la historia de estudiantes secundarios secuestrados en La Plata. Es una de las representaciones más crudas de lo que significó la represión.

Nunca Más
Inspirada en el informe que documentó las desapariciones, permite dimensionar el alcance del terrorismo de Estado y la importancia de reconstruir la verdad.

Son películas fuertes. No son fáciles de ver.
Pero ayudan a comprender por qué el 24 de marzo no es solo una fecha, sino una memoria que sigue viva.

Y, sobre todo, ayudan a entender por qué recordar sigue siendo necesario.


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